
Más allá de los gigantes dormidos que dominan la costa, entre quebradas profundas y esteros sonoros, existe un valle oculto a los ojos del hombre. Se cree que la entrada es secreta y sólo se abre una vez por año, cuando los rayos del sol atraviesan las nubes tras la primera lluvia de abril, a los pies del arco iris que se forme se hallará el paso. Muchos aseguran que quien logré entrar contemplará un trozo intacto del Paraíso en la tierra y a Dios paseando por los prados.
La historia ha recorrido siglos de boca en boca, alimentándose y creciendo con cada nuevo relato. Mi abuela la escuchó de su madre y ésta de la suya y así se pierde en la noche eterna hasta el principio de los tiempos, cuando la primera tribu la contó junto al fuego.
Un día mi abuela, sin quererlo, se hizo parte de ella. De niña solía adentrarse más allá de los límites fijados por los mayores. Su espíritu aventurero la impulsaba a recorrer senderos que se perdían en lo profundo del espeso bosque. Le gustaban las mañanas brumosas, porque las siluetas de los árboles le parecían como salidas de cuento. Imaginaba ser Alicia siguiendo a un escurridizo conejo. Un viejo corral para el ganado, abandonado en medio del follaje, lo transformaba en la humilde cabaña de la abuela, a quien visitaba siempre con una cesta de merienda. Un viejo sauce, a orillas del estero, era una casa de paredes de chocolate y ventanas de dulces que miraba por horas desde lejos, desconfiada y tentada a la vez. Desandaba el camino hasta su casa siguiendo el rastro de migas de pan que esparcía por el suelo. El estanque, donde habitaba el coipo, era un mar que por las noches visitaba la luna con sus amigas las estrellas para refrescarse después de un día caluroso de verano. Entendía lo que expresaban los pájaros en su canto, mientras el viento en su susurro le hablaba de lugares lejanos y los perfumes de la tierra la acariciaban a cada paso. Así vivía feliz, esperando que llegara la noche para escuchar los relatos que su madre le contaba al oído para que el sueño se le volviera placentero y durante el día los revivía en escenarios reales en donde ella interpretaba a los personajes. Sin embargo, aquella mañana algo cambió, por más que se esforzó en escuchar, atentamente, no comprendió lo que el viento a su paso le murmuró, mientras la brisa se alejaba quebrada arriba, un silencio extraño iba cubriendo la foresta. Un par de gotas sobre su rostro dieron paso a una tormenta, tan violenta y breve que nunca antes experimentó, el sol de improviso se abrió paso entre las nubes negras y frente a ella un camino de colores se elevó de la tierra al cielo, extasiada por el prodigio se dejo llevar como en sueños, avanzó hacia la iridiscencia y una luz blanca la cegó.
Cuando la encontraron a la mañana siguiente, después que sus padres alertaran a los vecinos para que participaran de su búsqueda, su rostro tenía una mirada perdida. El iris de sus ojos, antes verde, ahora era de un blanco nebuloso. No expresó gesto ni palabra alguna cuando sus padres desesperados le imploraron por el amor de Dios que contase qué pasó. Trajeron al médico del pueblo que diagnóstico un mal humor contenido producto de una conmoción y recetó su traslado cerca del mar para aliviar la tensión. Llamaron también a la Meica, en busca de una segunda opinión, murmuró y entonó al aire palabras en idioma nativo, mientras que con ramas de laurel le daba pequeños golpes sobre su cuerpo, después de la limpieza del alma diagnosticó, sin rodeos, que la niña había visto a Dios y que se resignaran porque no existía cura alguna para tamaña visión.
Mi madre me cuenta, con cierta tristeza, que mi abuela después de esa experiencia vivió sumida por muchos años en un estado parecido a la idiotez. Nadie creyó que detrás de esa mirada absorta y extraviada quedara algo de razón. Los días de su vida se sucedieron sentada junto a la puerta de la casa mirando, con cierto temor, la espesura que se extendía hacia los faldeos de los cerros. A los diez años del triste suceso, el tiempo en la tierra de la madre de mi abuela expiró. La niña ya convertida en mujer no expresó pena ni dolor porque seguía sentada en la misma silla, contemplando el mismo horizonte con la misma expresión. Su padre previsor, anticipándose a su destino, concertó un compromiso por conveniencia con el hijo de un hacendado, quien a regañadientes aceptó la petición.
Cuando las contracciones del parto le cambiaron la expresión del rostro, nadie estuvo cerca para calmar su dolor. En su desesperación corrió por la quebrada internándose en el monte que de niña tanto amó. No sintió miedo porque el dolor nubló aún más su escasa razón.
En ese preciso momento, lejos en el pueblo, el abuelo llenaba las alforjas con alcohol y víveres para tan esperada ocasión. Ajustó las monturas y la partera, en silencio, un poco más atrás lo siguió. Después de internarse por los cerros llegaron a la boca de la quebrada, un viento frío sacudió las copas de los árboles, un relámpago seguido de un trueno y un aguacero se precipitaron del cielo, el viento descorrió las nubes y el sol se filtró, a lo lejos vieron como un arco iris se elevaba desde lo más profundo de la espesura. Avanzaron entre los senderos al galope, pensando que era un mal presagio. Cuando llegaron a la casa se apearon, rápidamente, de los caballos, buscaron por todas partes, gritaron en vano el nombre de mi abuela al aire sin recibir respuesta, justo cuando los embargaba la desesperanza vieron como a los lejos la figura de mi abuela salía del follaje con mi madre recién nacida en brazos. Su rostro irradiaba dicha y alegría, el color de sus ojos era de un verde intenso, y desde lejos repetía que había encontrado una niña cuando jugaba en un jardín secreto que esa mañana había encontrado oculto en medio del bosque. Preguntó por su madre y su padre y por el almuerzo del mediodía, porque con tanto juego necesitaba recuperar energías.
Mi madre me cuenta que mi abuelo no se atrevió a pronunciar palabra, la arropó en silencio, besó su frente, cargó a la recién nacida y se dirigieron a la casa donde nunca más del tema se habló.








