jueves 19 de marzo de 2009

" El Jardín Secreto"


Más allá de los gigantes dormidos que dominan la costa, entre quebradas profundas y esteros sonoros, existe un valle oculto a los ojos del hombre. Se cree que la entrada es secreta y sólo se abre una vez por año, cuando los rayos del sol atraviesan las nubes tras la primera lluvia de abril, a los pies del arco iris que se forme se hallará el paso. Muchos aseguran que quien logré entrar contemplará un trozo intacto del Paraíso en la tierra y a Dios paseando por los prados.

La historia ha recorrido siglos de boca en boca, alimentándose y creciendo con cada nuevo relato. Mi abuela la escuchó de su madre y ésta de la suya y así se pierde en la noche eterna hasta el principio de los tiempos, cuando la primera tribu la contó junto al fuego.

Un día mi abuela, sin quererlo, se hizo parte de ella. De niña solía adentrarse más allá de los límites fijados por los mayores. Su espíritu aventurero la impulsaba a recorrer senderos que se perdían en lo profundo del espeso bosque. Le gustaban las mañanas brumosas, porque las siluetas de los árboles le parecían como salidas de cuento. Imaginaba ser Alicia siguiendo a un escurridizo conejo. Un viejo corral para el ganado, abandonado en medio del follaje, lo transformaba en la humilde cabaña de la abuela, a quien visitaba siempre con una cesta de merienda. Un viejo sauce, a orillas del estero, era una casa de paredes de chocolate y ventanas de dulces que miraba por horas desde lejos, desconfiada y tentada a la vez. Desandaba el camino hasta su casa siguiendo el rastro de migas de pan que esparcía por el suelo. El estanque, donde habitaba el coipo, era un mar que por las noches visitaba la luna con sus amigas las estrellas para refrescarse después de un día caluroso de verano. Entendía lo que expresaban los pájaros en su canto, mientras el viento en su susurro le hablaba de lugares lejanos y los perfumes de la tierra la acariciaban a cada paso. Así vivía feliz, esperando que llegara la noche para escuchar los relatos que su madre le contaba al oído para que el sueño se le volviera placentero y durante el día los revivía en escenarios reales en donde ella interpretaba a los personajes. Sin embargo, aquella mañana algo cambió, por más que se esforzó en escuchar, atentamente, no comprendió lo que el viento a su paso le murmuró, mientras la brisa se alejaba quebrada arriba, un silencio extraño iba cubriendo la foresta. Un par de gotas sobre su rostro dieron paso a una tormenta, tan violenta y breve que nunca antes experimentó, el sol de improviso se abrió paso entre las nubes negras y frente a ella un camino de colores se elevó de la tierra al cielo, extasiada por el prodigio se dejo llevar como en sueños, avanzó hacia la iridiscencia y una luz blanca la cegó.

Cuando la encontraron a la mañana siguiente, después que sus padres alertaran a los vecinos para que participaran de su búsqueda, su rostro tenía una mirada perdida. El iris de sus ojos, antes verde, ahora era de un blanco nebuloso. No expresó gesto ni palabra alguna cuando sus padres desesperados le imploraron por el amor de Dios que contase qué pasó. Trajeron al médico del pueblo que diagnóstico un mal humor contenido producto de una conmoción y recetó su traslado cerca del mar para aliviar la tensión. Llamaron también a la Meica, en busca de una segunda opinión, murmuró y entonó al aire palabras en idioma nativo, mientras que con ramas de laurel le daba pequeños golpes sobre su cuerpo, después de la limpieza del alma diagnosticó, sin rodeos, que la niña había visto a Dios y que se resignaran porque no existía cura alguna para tamaña visión.

Mi madre me cuenta, con cierta tristeza, que mi abuela después de esa experiencia vivió sumida por muchos años en un estado parecido a la idiotez. Nadie creyó que detrás de esa mirada absorta y extraviada quedara algo de razón. Los días de su vida se sucedieron sentada junto a la puerta de la casa mirando, con cierto temor, la espesura que se extendía hacia los faldeos de los cerros. A los diez años del triste suceso, el tiempo en la tierra de la madre de mi abuela expiró. La niña ya convertida en mujer no expresó pena ni dolor porque seguía sentada en la misma silla, contemplando el mismo horizonte con la misma expresión. Su padre previsor, anticipándose a su destino, concertó un compromiso por conveniencia con el hijo de un hacendado, quien a regañadientes aceptó la petición.

Cuando las contracciones del parto le cambiaron la expresión del rostro, nadie estuvo cerca para calmar su dolor. En su desesperación corrió por la quebrada internándose en el monte que de niña tanto amó. No sintió miedo porque el dolor nubló aún más su escasa razón.
En ese preciso momento, lejos en el pueblo, el abuelo llenaba las alforjas con alcohol y víveres para tan esperada ocasión. Ajustó las monturas y la partera, en silencio, un poco más atrás lo siguió. Después de internarse por los cerros llegaron a la boca de la quebrada, un viento frío sacudió las copas de los árboles, un relámpago seguido de un trueno y un aguacero se precipitaron del cielo, el viento descorrió las nubes y el sol se filtró, a lo lejos vieron como un arco iris se elevaba desde lo más profundo de la espesura. Avanzaron entre los senderos al galope, pensando que era un mal presagio. Cuando llegaron a la casa se apearon, rápidamente, de los caballos, buscaron por todas partes, gritaron en vano el nombre de mi abuela al aire sin recibir respuesta, justo cuando los embargaba la desesperanza vieron como a los lejos la figura de mi abuela salía del follaje con mi madre recién nacida en brazos. Su rostro irradiaba dicha y alegría, el color de sus ojos era de un verde intenso, y desde lejos repetía que había encontrado una niña cuando jugaba en un jardín secreto que esa mañana había encontrado oculto en medio del bosque. Preguntó por su madre y su padre y por el almuerzo del mediodía, porque con tanto juego necesitaba recuperar energías.

Mi madre me cuenta que mi abuelo no se atrevió a pronunciar palabra, la arropó en silencio, besó su frente, cargó a la recién nacida y se dirigieron a la casa donde nunca más del tema se habló.

martes 3 de marzo de 2009

"La Orden Secreta del Sol Negro"


A la Memoria de Don Miguel Serrano

Emprendimos el viaje bien entrada la noche, porque la noche es la llave que abre las puertas al mundo de los sueños. En el embarcadero nos esperaba el transporte que nos llevaría por un río celestial en busca de otros tiempos, no aquél que describe la historia como una sucesión de hechos, sino aquellos que se encuentran en planos superpuestos.


Para nuestra filosofía la realidad en la que está inserto el hombre es un mero reflejo, un recipiente vacío con formas de conceptos. Nuestra búsqueda, por el contrario, es más ambiciosa, queremos encontrar el principio que antecede al pensamiento. Percibir las primeras imágenes que se describen en las mitologías, habitar una tierra de dioses y compartir su gran secreto.


Nos dejamos guiar en la noche oscura por el resplandor que, a la distancia, irradiaba aquel navío de proporciones que escapaban al entendimiento. Tres niveles circulares y superpuestos, con un fulgor de plata y pronto a ponerse en movimiento. Nos ubicaron en la cabina de mando para que pudiéramos apreciar los paisajes estelares y las formas de los universos, a medida que nos desplazábamos por las coordenadas que anulaban el espacio y el tiempo, presenciamos una serie de visiones mágicas, los principios que modelan los arquetipos venían a nuestro encuentro: Soles y lunas, mandalas con formas intrincadas teñían con destellos el firmamento, sombras y luces, la madre, el padre, el héroe, el viejo, la rueda y el sol negro. Los sabios que habían construido los mecanismos que permitían nuestro desplazamiento habían encontrado en el conocimiento olvidado de los primeros pueblos, la energía primaria que mueve el universo y la habían modelado para poder desplazarnos por el espacio y el tiempo.


Hacia los confines del mundo habitado por el hombre comienza la tierra blanca y fría, en su centro hay una entrada, que se abre sólo con el uso de nuestra energía. En las profundidades de su centro existe un lago de aguas cálidas y en sus orillas se multiplica la vida. Descendimos sobre una gran planicie y a nuestro encuentro vinieron los ilustres, que dirigieron el destino del mundo en algún momento, encabezados por nuestro Gran Guía. Nos saludamos con el cariño que envuelve a los viejos amigos, y sin demoras nos dirigimos hacia los cuarteles donde se prepara el segundo advenimiento. Mi Führer ha acrecentado su conocimiento, instruyéndose con el poder de nuestro sol negro y pronto yo beberé de sus aguas y mi nuevo destino estará completo.

miércoles 11 de febrero de 2009

"El Reflejo"


Ya en esos tiempos de prosperidad la ciudad se encaramaba por los cerros, respetando la topografía y abrazando a sus pies una amplia bahía, donde un concierto de acordes graves anunciaban desde el horizonte el arribo de las naves, en una romería sin fin, que no cesaba ni de noche ni de día, ni en las fiestas religiosas, ni en las alzadas del pueblo, ni cuando la tierra se estremecía cada cierto tiempo, aunque a veces el viento y lluvia se confabulaban, descuartizando caseríos y las naves cautelosas se escabullían mar adentro. Traían en sus bodegas refinados objetos de moda, que se venían a instalar en los amplios salones de algunos conspicuos caserones. Otras, de paso, se aprovisionaban para recalar más al norte. A veces descendía uno que otro despistado aventurero, atraído como insecto por las luces rojas que plagaban la zona alegre del puerto.
Sobre la cubierta de uno de los navíos que se apuraban por atracar, destacaba la silueta de un hombre entrado en años, espigado y anguloso que contrastaba con la rudeza de los hombres forjados por la mar. Traía por equipaje sólo tres mudas, que el mismo se encargaba de lavar, planchar y doblar, un reloj de bolsillo, al que ritualmente daba cuerda justo antes del mediodía, un relicario con los rostros de sus padres que guardaba cerca del corazón y un baúl monumental en donde cabían finas partituras, libros de autores modernos que aseguraban que la tierra era tan plana como el cielo y que arriba era lo mismo que abajo, o quizá sólo un reflejo. Un artilugio para calmar la lujuria, regalo secreto del pastor de su pueblo. Un globo terráqueo, herencia de su abuelo, un navegante escocés que se jactaba de tener descendencia en cada puerto. Una Biblia Anglicana, que a veces leía para atraer el sueño. Un mapamundi, de dudosa procedencia, que desplegaba cuando nadie lo veía, desandando el largo viaje hasta su tierra natal, una pequeña aldea de pescadores, sumergida entre paredes gastadas por el mar. Los meses a bordo no habían sido más difíciles que los de su niñez, por lo que se adaptó, rápidamente, a las privaciones del viaje y a las inclemencias del tiempo. Se distraía leyendo música y marcando el compás con los dedos. Ideaba refutaciones a sus libros secretos. Se complacía pasear por la cubierta respirando la brisa del mar. Por la noche leía cartas astrales y rumbos en las estrellas. En eso estuvo seis meses, hasta que contempló a la distancia la silueta de una torre de ladrillo que le daba la bienvenida al puerto.

Quizá porque siempre buscaba nuevas rutas en las esferas celestes y terrestres y se pasaba el día y la noche soñando con viajes imaginarios, tuvo la convicción que al cumplir cincuenta años su vida daría un vuelco. El día de su cumpleaños el destino se le presentó en un aviso del periódico local: “Chilean family teacher of music needs”. ( “Familia chilena necesita profesor de música” ).Renunció a seguir dirigiendo la pequeña orquesta que animaba las noches de un pequeño y oscuro cabaret y se propuso seguir los pasos de su abuelo y echar mano al baúl de los recuerdos y era así como ahora descendía en este nuevo puerto.
Subió por calles empedradas hasta dar con la dirección señalada, se detuvo frente a una fachada que le recordó las de su pueblo, llamó dando golpes con un puño de hierro, como nadie abrió espero un momento que le pareció eterno, se secó el sudor de la frente y la puerta de improviso se abrió, miró al interior y se atrevió a cruzar el zaguán, avanzando con paso agitado hasta el sofá, se dejó caer agobiado por el peso del baúl y por un dolor que le oprimía el pecho. Respiró profundo y el sueño lo envolvió. Al despertar, miró su reloj, debía apresurarse, sólo tenía media hora para llegar, como cada noche, a dirigir la pequeña orquesta del humilde prostíbulo del puerto.

jueves 29 de enero de 2009

"Divina"


Apenas la música anuló todo intento de comunicación y las luces se movieron al ritmo, cruzó la pista con paso ligero con un leve arrastrar de tacos que le imprimieron una suave cadencia. Miró hacia los espejos, buscando en su reflejo algún detalle pasado por alto que afeara el conjunto. Se sintió segura.
Tres horas antes se había dado a la tarea de escarmenar su pelo, aplicar varias capas de maquillaje y delinear sus labios rojo carmesí, ajustar la faja a su cintura. Como ya estaba habituada, no sintió molestia alguna cuando llevó su sexo hacia atrás y se ajustó la tanga. El vestido rojo de lycra se ceñía a la perfección a su figura. El resultado la complació, y en premio encendió un cigarrillo y bebió pequeños sorbos del trago que siempre la acompañaba.
Por todos era sabido que la Zulema era lenta de pensamiento y dejada de la mano de Dios, aunque su carácter servicial le había permitido oficiar como ayudante, siempre con la falsa esperanza de llegar algún día a pisar el escenario. Con la torpeza que siempre la antecedía irrumpió sin aviso en el camerino, dando un portazo y antes que pudiera vocear que faltaba media hora para el inicio del show, ya la diva que extasiada contemplaba su resultado, se convulsionaba atorada por el trago. – Mierdaaa, como se te ocurre entrar de esa forma, bruta caída del catre, cuando vai a aprender que tenís que golpear antes de entrar, ven a limpiar la cagá que quedó con el trago.- Con una sonrisa nerviosa la Zulema tartamudeaba las disculpas, y su expresión sumisa hacía que el rigor de los retos siempre se transformaran en lástima.

A la actuación de cada viernes la antecedía el saludo de rigor con que premiaba a sus clientes habituales. Un beso en cada mejilla y los halagos mutuos acerca de lo regia que estás, de cómo el rojo te sienta tan bien, de qué te hiciste en el pelo, niña, que te pareces a la Tina Turner, de lo bien que actuaste en el filme de las locas, de que la Kristell te cahuineó con la Paris y dijeron que tu show valía callampa, mira como son de envidiosas ese par de locas fuertes y dicen, oye, que la Grace está tan flaca, la pobre, que parece que se pegó la huea. Y así deambulaba saludando a la distancia, repartiendo besos al aire, moviendo su manos como Miss Universo, empinada en sus tacones, reluciente como lentejuela, brillosa como labial, única, divina.

Un poco después de la medianoche arribó al local, como era su costumbre, con el firme propósito de encontrar a alguien con quien negociar. Bajo una polera ajustada se dibujaba su aspecto musculado, los jeans comprimían la fuerza de unos glúteos y muslos apretados, un bulto de proporciones sobresalía en su entrepiernas. En su rostro una mandíbula cuadrada, un mentón partido y unos ojos almendrados eran el crédito para asegurarse cualquier conquista. Se movió seguro, reafirmado en su vanidad por las miradas que lo enaltecían. La elección se concretaba después de un serio análisis de las posibilidades. Como buen estratega definía su blanco, no en función de belleza o juventud, sino más bien en el tamaño de las billeteras.

La Zulema, que a esa hora, corría de allá para acá, sudando la gota gorda de tanto:

- Zule, que tráeme la tónica, que apúrate con el trago, que pide que cambien la música, que contesta el celular y di que estoy ocupá, que cierra la puerta que me estoy arreglando las tetas, que consígueme algo que estoy cansá, que cuidado que me pisai el vestido, mierda, que ándate a la chucha, que sal de aquí, que Zule ven para acá.-

Subiendo y bajando escalas, enredada en su disfraz de sirvienta, por un momento la Zulema tuvo una visión que congeló el tiempo a su alrededor, pensó que la luz del foco, que caía sobre ella, era luz divina que del cielo provenía y Dios, por fin, hacía realidad su deseo y entonces, más abajo, vio a su príncipe que traía en su mano una zapatilla de cristal que sólo le calzaba a ella. Sólo un par de segundos duró la visión, segundos de ensoñación en los cuales Zulema no se percató del gesto de repulsión que hizo su príncipe cuando la vio.

Con las primeros acordes del tema que se había convertido en ícono del mundo travesti, la concurrencia corrió a tomar ubicación para presenciar el espectáculo. La Diva apareció en el escenario, vestida de blanco, con cartera strass, tacones ajugas, inserta en una escenografía de calles en donde un grupo de hombres atractivos la contemplaban a su paso, imitando la escena del video de Gloria Trevi y cuando llegó el momento del coro todo el público se unió en una sola voz:



Y me solté el cabello, me vestí de reina, me puse tacones, me pinté y era bella y caminé hacia la puerta, te escuché gritarme, pero tus cadenas ya no pueden pararme.
Y miré a la noche y ya no era oscura, era de lentejuelas.


Y todos me miran, me miran, me miran porque sé que soy divina, porque todos me admiran, y todos me miran, me miran, me miran porque hago los que pocos se atreverán, y todos me miran, me miran, me miran, algunos con envidia, pero al final, pero al final, pero al final, todos me amarán.


El furor de la concurrencia se acrecentaba con cada movimiento de cabeza, con el batir de su pelo suelto, con el cruce de sus brazos a la altura de sus ojos, con el caminar quebrado y la sonrisa de satisfacción por las miradas que recibía. Una ovación generalizada y un ramo de rosas rojas incluido sellaron la actuación.

Al día siguiente la concurrencia duplicaba el número de clientes que querían disfrutar del espectáculo. Un rumor generalizado se colaba entre los presentes. La Diva no había llegado al ensayo general y la buscaban por cielo, mar y tierra. En bambalinas todos corrían con celulares en mano, alguien comentó que la vieron en Horcón bailándoles en pelota a un grupo de pescadores. Otros que el Senador había requerido sus servicios y que estaban dándole en un hotel cinco estrellas, los menos suponían que debía estar todavía durmiendo la mona, que la vieron irse con el Príncipe de la Zulema, que la vieron irse con la Zulema, que había partido con un grupo de colas a pasearse por el puerto.
El público -como siempre ingrato- se conformó con los cuadros plásticos de los vedetos que con sus masculinidades enhiestas borraron todo deseo de ver el espectáculo más comentado del puerto.
Dios que suele escribir con letras torcidas y maneja la vida de los hombres como piezas de ajedrez contempló a la Zulema que anduvo lloriqueando toda la noche por su extraviada Diva, y Le Dio Un Toque Con Su Mano. A la vuelta de la esquina tuvo un encuentro inesperado. El príncipe había tenido una noche extraña, nadie había querido acercarse a su cautivadora presencia y su orgullo estaba minado. Llegaron a la casa hacia el alba, compartieron unas líneas que acortaron las distancias y las palabras se agolparon, la risa dio paso a los contactos y la Zulema impulsada por la confianza que otorga el placer fue hasta la cocina en busca de hielo para aplacar la sed. Al abrir la nevera contempló la cabeza cercenada de la Diva que con los ojos desorbitados y la lengua afuera parecía desde su rigor seguir ordenándole. Tomó el hielo muy segura y confiada, cerró la pequeña puerta, llegó hasta su amado, lo besó con amor, ambos sonrieron y se dejaron llevar por la pasión.

jueves 22 de enero de 2009

" Santificado sea tu Nombre"


La noche que antecedió la muerte de Juan Jesús Bautista, un batir de alas y algunos chillidos agudos vinieron a perturbar el débil sueño de la anciana.

- María, niña, despabílate y préndele la vela al santo que el chuncho anda anunciando muerte.

La llama débil de la vela se intensificó en el espejo de la cómoda que hacía las veces de cocina, comedor, mesa de planchar y escritorio, en el pequeño cuarto que ocupaba con su nieta y el niño de cinco años que dormía en una cama improvisada, hecha con las cajas de cartón que solían recolectar de la basura apilada en las calles, antes que las cuadrillas del municipio se dieran a la tarea –siempre infructuosa- del aseo semanal. Su mano buscó entre sus ropas el viejo rosario que prendía de su pecho con un descomunal alfiler. Sus dedos apenas rozaron las cuentas y un suspiro brotó de su pecho, se sintió más aliviada y segura cuando sus labios se dieron a la tarea de musitar el primer Padre Nuestro, - No vaya a ser cosa que este pájaro de mierda haya cantado por mí.-, pensó frunciendo el entrecejo. No cabía en sus pensamientos la idea de morir, aún se sentía con la fuerza y con la obligación de velar por el bienestar de su nieta y del pequeño niño. Doce rosarios conjuraron la noche hasta que la luz de la mañana se coló por los visillos y un sueño profundo por fin la embargó.

No se sobresaltó al despertar con los gritos de la Herminia, que ocupaba la pieza contigua en el conventillo, como era costumbre envuelta en el escándalo que por las mañanas montaba su esposo cuando el vino daba paso a la violencia. Su bastón, más que apoyo al caminar, le era útil para aplacar los arranques de independencia de su nieta y descargarlo contra la pared como una advertencia al abusador y el apoyo implícito del gesto hacia su vecina. Así los gritos se iban transformando en un par de sollozos, algunos perdones mutuos y por fin el silencio. Una sonrisa de orgullo se dibujó en su rostro, la fuerza de su carácter era por todos conocida y temida, y siempre la antecedía a donde fuera. Leyó en la luz de la mañana que ya era mediodía, a esa hora ya el carro tiraba a la María cerro abajo, en dirección al reciclaje donde el trabajo de ayer se convertiría en el pan, el té y el azúcar de hoy.

Abrió la puerta y la luz inundó el cuarto, una brisa fresca le llegó desde lo alto. Un par de viejas, más arriba, se daban a la tarea de tender la ropa recién lavada, las gotas escurrían en una lluvia fina que se apozaba en el patio, el cuadro refrescante, que por un momento la alegró, se vio interrumpido por el palabreo de la mujer del primer piso que como siempre lanzaba al aire insultos con instrucciones de cómo estrujar bien la ropa. Mientras las de arriba, como en un coro griego, respondían haciéndola callar con la mención a su madre, su padre, su esposo, su hijo y la peor parada su hija , y toda su parentela de la cual podían, sin reparo, calumniar a viva voz. Y así las historias familiares se hacían comunes y afloraban en estas simulaciones de guerra que rompían la monotonía de los días y se transformaban en tema obligado junto a la mesa. Por un momento se sintió joven nuevamente, y como queriendo participar de la trifulca, se negó a la idea de ir hasta el baño común y sin pensarlo lanzó al vacío el contenido de la bacinica que había acumulado durante la noche. La risa de las viejas ahogaron las maldiciones e insultos de la agraviada, mientras que ella tuvo que morderse los labios para no reír y furtivamente entró en la pieza y suavemente cerró la puerta.

Una mamadera de té con un poco más de azúcar calmó el llanto del niño. Mientras esperaba que la María llegara con la comida para el almuerzo se dio a la tarea de releer las viejas cartas que su hijo solía escribir desde lugares remotos que escapaban a su entendimiento. La última que recibió estaba fechada en Buenaventura, Colombia; en el año de 1978, ya habían pasado más de tres años y aún no recibía noticias de Juan Jesús Bautista. Recordó que mucho antes que naciera su hijo, ya había decidido que el nombre que le iba a dar sería capaz de exorcizar los destinos infames que perseguían a los hombres de su familia. Su abuelo no sólo había robado y estafado, sino además asesinado a un par de choros del puerto por haber puesto en duda su hombría. Decían que su reputación era tan larga y filosa como su masculinidad, similar al corvo certero que siempre lo acompañaba. En tanto su padre había sido un famoso cafiche de uno de los más concurridos prostíbulos del puerto, que entre noches de marinos y juerga, y alguno que otro cliente que se quiso pasar de listo y recibir los servicios de la casa sin pagar el precio acordado, habían terminado cinco de esta categoría en igual cantidad de tumbas. Así la muerte no le era ajena ni temible, pero deseaba otra vida para su hijo y tuvo la intuición que en el nombre estaba la cosa, y que una rosa es una rosa y no otra cosa, por lo cual lo bautizó con nombres santos, queriendo así despistar al mal. Pero el destino inexorable quería otra cosa y las cartas que recibía llenas de amor sólo eran un reflejo velado de un reguero de muertes que iba dejando Juan Jesús a su paso. La María, su nieta, era poco o casi nada lo que recordaba de su padre, sólo un recuerdo vago de un desconocido que la visitó cuando cumplió cinco años y que le trajo de regalo una muñeca que pasó a formar parte de la decoración de la vitrina de su abuela y con la cual nunca jugó. Las verdaderas historias de las andanzas de Juan Jesús llegaban de la boca de los ladrones y traficantes que se avecindaban cerca del cité, en espera de abordar un nuevo navío con destino a cualquier puerto sudamericano. Su mala fama y las incontables muertes que le atribuían crecían con cada nuevo navío que atracaba. Es así como la anciana ya contabilizaba más de una docena e igual número de cartas.

Una mañana el Alma Negra, después de su rutina habitual en el mercado del puerto donde lanzaba certeros manotazos a las descuidadas dueñas de casa, subió el cerro con la intención de visitar a la vieja y con cada visita un pendiente, una cadena, o un reloj de oro aparecían, sin mediar palabra, sobre la cómoda de la anciana, quien de esta forma aliviaba en parte la precaria economía familiar. Decían que el Alma Negra era tan malo que su piel oscura era sólo el reflejo de su alma, pero para la anciana el alma oscura del Alma Negra se volvía con cada pequeño gesto más clara. Desde la pequeña ventana lo vio subir por la empinada escalera, se alegró porque no sólo la proveía de dorados recuerdos, sino que también la ponía al día con las andanzas de su hijo con quien fue compañero de aventuras en los arrabales de Buenos Aires y en las Favelas de Río. Puso a hervir agua para ofrecerle un té. Según algunos cacos –se apuraba a informar el Alma Negra- que habían llegado de Colombia, después de pasar por Bolivia hacia el norte de Chile, Juan Jesús Bautista había encontrado su destino en una quitada de droga a uno de los tantos carteles que hacían noticia por ese entonces en la convulsionada Colombia. La muerte de Juan Jesús Bautista no tomó por sorpresa a la anciana quien recordó como un par de semanas atrás el canto del chuncho le había augurado ese final. Agradeció la franqueza del Alma Negra y lo vio perderse entre las callejuelas que conducían al plan del puerto. El niño, que muy atento había escuchado el relato, se acercó a la Abuela y le tendió un reloj de bolsillo con una gruesa cadena de oro, que poco antes el Alma Negra ostentaba en el forro de su chaqueta.- Bien hecho Pío Devoto.-, dijo complacida la anciana y el pequeño esbozo una orgullosa sonrisa.

domingo 7 de diciembre de 2008

" Otro Verano"


Fue la única que descendió en el andén, a esa hora desierto y azotado por el sol del mediodía, nadie la esperaba, sólo un perro vago se acercó tímido y husmeó por un momento. El aroma denso del aceite impregnado en los durmientes le recordó otros veranos, cuando la estación parecía más bullente y fresca, y a lo lejos divisaba a su tía que se agitaba con ademanes de bienvenida y corría al encuentro; sus primas más atrás la secundaban con sonrisas y brazos abiertos. Una gota de sudor resbaló por su cara, tomó su bolso de trabajo y buscó la salida, mientras el pesado rumor del tren se alejaba como cortando el calor del día. El camino a la casa se le hizo más soportable con la idea de que llegaría a la frescura que sólo las paredes gruesas de barro y paja pueden otorgar, añoró la amplia galería vestida de plantas que su tía cuidaba con tanto esmero, el salón amplio con vigas de roble de donde pendía una rueda de carreta que oficiaba de candil, la cocina a leña de donde emanaban los aromas que despertaban a los muertos y las consejas que por la tarde se urdían junto al fuego. Una sonrisa se dibujó en su cara, se vio iniciada en los juegos del amor con su primo el mayor, quien no perdía oportunidad para jugar a las escondidas, volvió a recorrer los potreros al atardecer, disfrutó con el aroma de la tierra húmeda, despertó con el canto de los pájaros, se bañó desnuda con sus primas en el río y así entre recuerdos avanzó por un camino seco. Se detuvo frente al portón de hierro, que según decían era de la época colonial, le apenó verlo tan frágil y herrumbroso, como agonizando entre los muros de pircas ya derruidas, por donde se trepaba sin control la zarzamora. Se sintió aliviada por las sombras de las palmas que bordeaban el camino a las casa patronal, a lo lejos ésta se erguía sobre una suave loma, el ocre de las tejas había perdido su fuerza original, el techo cuarteado mostraba algunas aberturas por donde se colaban las palomas, los pilares del zaguán a punto de caer cobijaban colonias de termitas, el adobe agrietado teñía con tierra la cal descascarada de las paredes, las ventanas rotas y desencajadas de sus marcos le daban un aire espectral. No se atrevió a llamar, atravesó el portal y un aroma intenso de pan recién horneado la condujo hasta la cocina, allí encontró a sus mayores reunidos en torno a la mesa servida, un puesto esperaba por ella, guardó silencio y tuvo la impresión que muy de mañana camino a su trabajo un golpe seco nubló su vista y luego ese aroma persistente que la invitaba al campo una vez más.

martes 2 de diciembre de 2008

"Decisiones"


Hacia el atardecer la brisa marina se volvió más fría, lo que no fue impedimento para que decidiera regresar a pie bordeando la costa, un camino serpenteante que a cada recodo le descubría roqueríos abrazados por el mar, lobos presurosos por conseguir una buena ubicación, el graznido de las aves que anunciaban el ocaso y un cielo anaranjado por un sol gigante que se hundía sobre el horizonte. Distraído por el paisaje su paso era a propósito lento, como queriendo retener en su memoria esa imagen, aunque tantas veces vista, nunca antes vivenciada como en ese instante. Con cada inspiración que daba el aroma marino lo embargaba con una tranquilidad placentera. De su mente se alejó el compromiso de llegar a casa antes de la cena, a esa hora quizá su mujer ya estaría vestida de fiesta recibiendo a sus cercanos para festejarlo una vez más como era costumbre en esa fecha. Un cigarrillo fue el pretexto para aminorar aún más el paso, se detuvo frente a un acantilado, su vista se fijó en la profundidad, observó la rompiente de las olas sobres las rocas, la brisa humedad refrescó su rostro, un par de gaviotas solitarias zigzagueaban en el aire, buscó nuevamente en su bolsillo el paquete de cigarrillos y rozó sin querer el resultado médico que recibió por la mañana, no había sido necesario leerlo, intuía la respuesta, como un mago que conjura el mal arrugó el papel y lo arrojó al precipicio, aspiró profundo la última bocanada y enrumbó a casa.